6 de marzo de 2009

Crónicas de Cibeles (IV parte) El otro lado...

Backstage. El lugar en el que las niñas se vuelven ninfas de cuento y musas de los grandes genios. Donde los artistas anónimos expresan su arte con el único fin de que otros lo luzcan y llenarse con el aplauso que, silenciosamente, se otorgan desde el interior.

Atravesar el límite y entrar en el backstage, es adentrarse en el mini universo de la belleza. Allá donde vayas te invade esa sensación de que, casi estás rozando algo que no existe, la perfección. Cuerpos divinos, sonrisas petrificantes...

Sólo les falta que su idioma fuera único y diferente al resto, y que cuando tú, uno de los millones de mortales, te acercaras a ellas, te dieras cuenta de que es imposible entenderlas porque no eres de su especie. Sin embargo, si existe un lugar en el que estas criaturas pueden ser ellas mismas, este es el backstage. Ríen, lloran y juegan con total libertad y naturalidad. Se derrumban, se consuelan, se abrazan y se levantan, como si los únicos seres que de verdad las entiendiesen, estuvieran en este espacio.

Cuando salen a desfilar, sus rostros se transforman, ya no son bellas y dulces criaturas, son autómatas dirigidos por un mando a distancia, cuyo objetivo es mostrar la fascinación de unos diseños imposibles, inventados para hacer vibrar a miles de personas en este espectáculo.
Espero que las modelos, estos seres envidiables, no dejen de atravesar la pasarela una y otra vez, porque durante los 40 segundos que dura ese momento, no existe nada más.
A vosotras, os dedico este post ¡chicas!

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